A todos nos ha pasado más de una y dos veces: tratamos al paciente de una otitis externa con antibiótico y corticoide tópicos, y al cabo de una semana nos vuelve a la consulta porque aunque el dolor si ha cedido, sigue con picor, supuración y sordo. Cuando sacamos el otoscopio y miramos vemos un amasijo indiagnosticable, mezcla de gotas, cera, escamas y, si tenemos suerte, secreción blanquecina a la que nos podemos agarrar para confirmar el diagnostico de otomicosis. Ahora tenemos dos opciones: prescribirle un antimicótico tópico y rezar para que todo esa masa se desintegre, o aspirarle el conducto auditivo externo y seguidamente administrar el antimicótico. La opción de aspiración es quizás la más eficaz pero yo, al menos en mi centro de salud no dispongo del instrumental adecuado, y derivarle al otorrino supone una aventura de seis meses de lista de espera, así que como tampoco se debería limpiar el oído con agua por aquello de la humedad y los hongos, no nos queda más remedio que confiar en las gotas.
A continuación os pongo una chuleta del tratamiento con el nombre comercial de una presentación del clotrimazol específica para los oídos, para que no tengamos que utilizar la nistatina y una jeringa (aunque también funciona).
Suscríbete para seguir leyendo
Conviértete en un suscriptor de pago para obtener acceso al contenido íntegro de esta entrada y demás contenido exclusivo.
